Lo dije, lo juré, y es más, lo llevaré a cabo. Me importa muy poco cuánto cueste.
Decidí luchar, escogí la victoria como meta. Y si para alcanzarla es preciso que caiga en el lodo incontables veces, me aguantaré, tragaré todas mis putas mierdas.
Dicen, que cuando tocas fondo no hay otra opción más que la de salir a la superfície, y ahí estoy, en ese preciso momento.
Instante en el cual me invade una sensación como de reset mental, de no recordar nada anterior, de centrarme única y exclusivamente en lo que tengo ante mis ojos, y de no pensar en cicatrices pasadas ni en momentos en los que no hacía más que sucumbir, para disfrute de muchos.
Ahora, actúo únicamente teniendo en cuenta el precioso fin que tanto anhelo.
Para ello, voy a obligarme a prescindir de mi gran amiga, y contrincante al mismo tiempo, la encargada de reprimirme de mis instintos primarios y la que me permite actuar de un modo lógico. La que también, me produce malestar, dolores de cabeza y noches en vela, la que me aporta más cosas malas que buenas, aunque reconoceré que las buenas, son únicas e inolvidables...
Pero bien, como bien decía: hoy, renuncio a ella.
Creo que durante un tiempo, me irá bien. Eso pienso.
Y en el caso de que no salga bien, siempre me quedará la imaginación, que, sinceramente, es la única que siempre sigue intacta, por muchas cosas que pasen y por muchas ostias y derrotas.
Y acompañando a mi imaginación, estará mi satisfacción de poder decir bien alto que: Nunca me rendí.
martes, 13 de julio de 2010
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